Diferencia entre revisiones de «Lectura: Galileo observa Neptuno»

De Filosofia de las Ciencias
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Revisión actual del 19:20 28 mar 2012

Según Galileo narra en el Sidereus nuncius, en la noche del 7 de enero de 1610 observó a Júpiter acompañado de tres pequeños astros, a los que en un principio tomó por estrellas fijas. Sin embargo, las observaciones realizadas en noches posteriores mostraron que no se alejaban sensiblemente del planeta, a la vez que cambiaban de posición con respecto a él; eran astros errantes que orbitaban a su alrededor. El 13 de enero detectó un cuarto, el cual, según un estudio del astrónomo contemporáneo Jean Meeus, quien ha reconstruido el sector del cielo escrutado por Galileo en aquel momento, se hallaba fuera del campo visual del telescopio los días 7, 8 y 10 (el 9 estuvo nublado) y era indiscernible de los otros satélites los días 11 y 12. El estudio de Meeus muestra, de paso, la extraordinaria agudeza visual de Galileo, si se tiene en cuenta lo rudimentario del telescopio empleado por éste y sus imperfecciones ópticas, en particular la existencia de aberraciones geométricas y cromáticas. Con el tiempo, Galileo proseguiría registrando las posiciones de los satélites y sus eclipses, pues creía que el conocimiento de éstos le permitiría diseñar un procedimiento para estimar la longitud en alta mar. A fines de 1612 y principios de 1613 advirtió que una de las estrellas “fijas” que empleaba como referencia para observar a Júpiter y sus cuatro acompañantes parecía haberse desplazado, pero las malas condiciones climáticas le impidieron confirmar esta primera apreciación. Stillman Drake llamó la atención acerca de este extraño registro; el cálculo astronómico mostró que un planeta desconocido en la época, en conjunción con Júpiter, había ingresado en el campo visual del telescopio de Galileo: Galileo había observado el planeta Neptuno. El descubrimiento de este sistema de satélites jovianos, que junto con el planeta parecían comportarse como un sistema solar en miniatura, se prestaba a ofrecer dos argumentos pertinentes a la cuestión copernicana. El primero estaba referido al hecho de que las lunas de Júpiter no abandonan al planeta a medida que éste se mueve. Aunque Galileo ignoraba por qué sucedía ello, sugirió que una misma explicación del fenómeno, aún desconocida, se aplicaría al caso de las nubes o la Luna con relación a una Tierra en movimiento. Si los satélites no se apartan del móvil Júpiter, ¿por qué la Luna habría de apartarse de la móvil Tierra? Por otra parte, según Aristóteles, no es posible admitir más de un centro de rotación en el sistema planetario, y se objetaba a Copérnico el afirmar que la Luna gira alrededor de la Tierra a la vez que ésta hace lo propio alrededor del Sol. A ello era posible ahora replicar que en el sistema joviano el planeta es centro de rotación de sus satélites, y entonces, ¿por qué no admitir que la Tierra, en movimiento al igual que Júpiter, también lo sea de la Luna?

(Extractado de Noticias del planeta Tierra, de Guillermo Boido.)